Plaza de la revolución

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lunes, 19 de marzo de 2012

Fidel y la primera visita a Cuba de un Papa

Autor : Ana Ivis Galán

Del 21 al 25 de enero de 1998 ocurrieron en Cuba hechos de incuestionable relevancia histórica. No era necesario ser católico para asistir, como espectador de privilegio, a uno de los acontecimientos más esperados por los cubanos: la llegada del Papa Juan Pablo II.
 
Miles de periodistas, camarógrafos y reporteros nacionales y extranjeros transmitieron el suceso para diversos medios de prensa y cadenas de televisión nacional e internacionales.
 
Las imágenes del Papa y del presidente Fidel Castro recorrieron el mundo, como reflejo de la capacidad que acompañó a ambos para dejar a un lado las lógicas diferencias y estrecharse las manos por segunda vez.
 
Por aquellos días, cercanos al deseado encuentro, prácticamente no se hablaba de otro tema. Y no sólo por el hecho mismo de la visita del Sumo Pontífice, sino además porque, al igual que hoy, ocurrían hechos que atraían la curiosidad.
 
En esa ocasión, en la histórica Plaza de la Revolución la imagen de un Cristo monumental se levantó junto a las figuras del Che y José Martí; hoy la construcción de un gigantesco altar allí es motivo de asombro para unos y de orgullo para muchos.
 
Aquella fue una visita magistralmente organizada, que tuvo como antesala la convocatoria de Fidel, sin distingos de religiones ni credos: ''Debemos darle un gran recibimiento al Papa con la participación de todo el pueblo, católicos y no católicos, creyentes y no creyentes'', dijo entonces.
 
El viaje internacional número 81 de Juan Pablo II tenía que ser ''el mejor'', pidió el líder de la Revolución. Y para garantizar que así fuera, se ofrecieron todas las condiciones que aseguraron una bienvenida masiva y cordial.
 
Juan Pablo II (Karol Wojtyla) arribó el día 21 de enero, en medio de una gran expectativa, al  aeropuerto internacional José Martí, sobre cuya fachada se levantó un enorme cartel con la imagen del Pontífice.
 
Fidel Castro, el Consejo de Estado, el cuerpo diplomático y la Conferencia Episcopal, encabezada por el cardenal Jaime Ortega, le dieron la primera salutación.
 
El entonces presidente cubano abandonó su tradicional uniforme militar y por vez primera recibió a un Jefe de Estado extranjero, vestido con un traje civil de color azul oscuro.
 
Tras un fuerte apretón de manos, el Papa besó un puñado de tierra de toda la Isla, colocada en una pequeña caja y sostenida por un grupo de niños.
 
Iniciaba así un viaje de cinco días que incluyó cuatro misas –Santa Clara, Camagüey, Santiago de Cuba y La Habana-, una reunión privada con el presidente cubano y encuentros con intelectuales, enfermos y religiosos.
 
Al segundo día de estancia en la nación caribeña, se produjo el esperado reencuentro. El primer diálogo ameno y franco, al decir de Fidel, había ocurrido antes en el Vaticano. El 22 de enero se produjo una segunda plática, cuando el Papa realizó una visita de cortesía al Palacio de la Revolución.
 
Luego del cordial recibimiento de Fidel, los honores de la guardia presidencial y la presentación de dignatarios de Cuba y el Vaticano, ambos Jefes de Estado sostuvieron una conversación privada.
 
Para aquella visita, y como era de esperar, el presidente de los Consejos de Estado y de Ministros hizo gala de cordialidad y convocó a toda la población a asistir a las misas del Papa.
 
En la tarde del día 23, Juan Pablo II se reunió con unos 300 intelectuales y personalidades del mundo de la cultura, en el Aula Magna de la Universidad de La Habana, donde se conservan los restos del sacerdote y patriota cubano Félix Varela, figura a la que rindió honores a través de sus oraciones.
 
Al venerable acto asistió Fidel, quien lo acompañó durante todo el recorrido de ingreso y salida de la excelsa institución.
 
Para el cuarto día de visita, Santiago de Cuba recibía la esperada misa del Papa y el acto de coronación de la Virgen de la Caridad el Cobre. Y en horas de la tarde, se trasladó hasta el Santuario de El Rincón, en la entonces provincia de La Habana.
 
El 25 de enero, quinto y último día en Cuba, el Papa se dedicó a la misa final, celebrada en la tradicional Plaza de la Revolución, y allí también estaba Fidel en primera fila, escuchando atentamente.
 
Banderas de la Isla y de El Vaticano, globos amarillos y un coro de mil voces, respaldado por la Orquesta Sinfónica Nacional, animaron la ceremonia.
 
Como un mensajero de la verdad y la esperanza, se declaró el Papa antes de la partida, momento en el que agradeció a Fidel la gran hospitalidad de que fue objeto.
 
No quiso marcharse sin antes denunciar como ''injustas y éticamente inaceptables'' las medidas económicas contra Cuba ''impuestas desde fuera del país''. Expresaba así su desacuerdo con el bloqueo estadounidense a la Isla.
 
Por su parte, Fidel explicó los esfuerzos de la Isla para sobrevivir a ese cerco, que calificó de ''crimen monstruoso''.
 
Y como gesto de reconocimiento al poder de la palabra del Santo Padre, añadió: “Si la globalización de la solidaridad que usted proclama se extiende por la tierra y se reparte entre todos los seres humanos del planeta, podría crearse un mundo para ellos sin hambre ni pobreza''.
 
Su frase final encerró toda la gratitud, a nombre del pueblo y gobierno cubanos, por el honor de esta visita: “Santidad, le doy las gracias''.

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